Archivo de la categoría: Pequeñas reflexiones diarias

Orgullo vs. Dolor

Se escribe con lo que se puede. Se escribe con lo que se tiene. Se escribe… En verdad, debería ser ilegal tener que llenar una hoja en blanco con semejantes sensaciones encontradas. No hay necesidad alguna de intentar redactar buscando las palabras justas que permitan describir este momento. Sin embargo, espero que la escritura alivie el dolor.

635405526446449276wd

A la derrota habría que matarla. Nadie elige perder pero perder es una posibilidad. Son las reglas del juego. Siempre existieron. Siempre existirán. Y ahora, durante meses, ocuparan pantalla aquellos que intentarán explicar lo inexplicable. Ya  no hay consuelo, Mascherano está vacío. Con él, 40 millones de personas nos vaciamos (los otros no, los otros destrozaron una ciudad).

Quedan las raíces. Quedan los cimientos para volver a edificar. Para nuevamente planificar. Porque en 12 meses se juega una Copa América. Porque ya no somos aquella selección que era un mito, que alguna vez había salido campeón del mundo. Porque ahora somos subcampeones, volvemos a ser una realidad. Porque ahora el mundo nos mira con otros ojos y nosotros observamos con otros ojos al planeta. Porque después de 24 años volvimos a jugar una final de una Copa del Mundo.

El dolor está. El dolor no se irá. Pero el orgullo lo combatirá, el orgullo le va a jugar de igual a igual al dolor. Y no lo hará  por nosotros, lo hará por aquellos 23 que nos invitaron a apostar por un sueño cuando pocos confiaban. Aquellos 23 que permitieron que una nueva generación pueda contar, a partir de ahora, un relato mundialista, un relato que siempre le narraban. Aquellos 23 que transpiraron la camiseta para alegrar a un país sumergido en una marea diaria de caos.

Ya ni sé si escribir estas líneas alivió el dolor, o si es el orgullo el que lo enfrenta con la misma actitud que tuvieron aquellos 23 en los siete partidos. Aquellos 23 que hoy, son héroes igual. Fútbol, dales revancha. La merecen.

Anuncios

La biblioteca de Messi

Es un desafío para un periodista escribir nuevas páginas sobre Lionel Messi cuando todo ya fue escrito, cuando todo ya fue dicho. Sin embargo, aquí me encuentro yo, un redactor de mala fama, tratando de dilucidar una idea que hace varios días me naufraga en la cabeza y no me deja dormir.

En realidad, más que una idea es un paradigma. Un paradigma que tal vez permita entender el talento del semejante genio de la pelota de 1,69 metros de estatura.

Comenzaré por el partido que me hizo descubrir y comprender la totalidad de esta teoría: el último clásico español jugado en territorio madrileño. El punto de ebullición de este supuesto. Seres meticulosos y obsesivamente ordenados abstenerse, aunque seré muy detallista en esta parte. Aquí vamos. Bienvenidos a la literatura de Messi.

La imagen es elocuente, un estadio de Madrid con capacidad para 80.000 personas. Allí dentro, todas ellas, salvo unas pocas, alentando al máximo rival del equipo de Messi. Y en la cancha el muchachito, parado en la mitad del campo de juego, esperando para que comience el partido. Cualquier mortal estaría extremadamente nervioso pero Messi… Messi no, ya es su clásico español número 27. El ambiente no lo inquieta. La presión por quebrar nuevos récords no lo preocupa. Quiere jugar. Conoce y sabe de sobra. Empieza el partido y Messi es Goliat, combatiendo a un ejército blanco que le hace la vida imposible durante los próximos 90 minutos. Todo en vano, lógico.

Pero por esas inclemencias del destino, en poco tiempo el resultado parcial para Messi y los suyos dejó de ser favorable, para pasar a ser adverso. La transición de un marcador bueno a uno malo fue rápida e intensa. Sobre todo para aquellos con preponderancia por el blanco. De hecho, el cambio había sido tan veloz que los catalanes presentes no lo podían entender. Todo había sido frenético y los ojos del planeta futbolero estaban nuevamente sobre él. Otra vez, el mundo sentía la necesidad urgente de hablar de Messi. Otra vez, Messi deseaba imperiosamente que el mundo hablara de él. Y cuando ambos actores se unieron para un mismo guion todo fue posible Así ocurrió. Goliat lo hizo. Messi también. El mundo habló de Messi. Los madridistas callaron.

Considero que la magia del genio de la cancha es arte. Arte en movimiento. Arte literario. Los grandes títulos de la literatura universal fluctúan como ideas y acciones en su cabeza para gestar la victoria. Para triunfar solo tiene que leer. Sí, leer. Y aquí es cuando entra a jugar el paradigma que mencioné en las primeras líneas. La lectura es parte esencial del entrenamiento de Messi. Simplemente lee. Después hace lo propio, eso que vemos en cada uno de sus partidos. Pero siempre, antes lee. Trataremos de explicarlo mejor.

El clásico español por el momento está empatado. La adrenalina sacude a cada uno de los presentes en el mítico estadio del Madrid. También, la emoción y los nervios les juegan una mala pasada a aquellos que lo miran por la pantalla chica. Algunos apuestan a que el resultado será un empate, otros tantos se inclinan por su equipo predilecto. El resto, deja todo en manos de Messi. En la última categoría entraría este humilde redactor.

Restan apenas seis minutos para que finalice el partido. Todo marcha perfectamente bien para los locales, cuando el ruido de un silbato hace que el mundo se les venga abajo. La imposición de esa pena máxima era lo peor que les podía ocurrir. Para cualquier simpatizante no existen fundamentos que le hagan entender una condena de este tipo. El penal había sido sancionado y el joven rosarino tomó una vez más el balón, lo acomodó en el lugar correcto y dejó su mente en blanco nuevamente. Pensó qué obra literaria lo inspiraría para ejecutar acciones semejantes. Necesitaba aislarse del clima que lo rodeaba y solo quería sentir la pelota. El texto le vino a la memoria para cumplir con gloria su objetivo. Debía dejar la ansiedad y que la sangre no corriese caliente por sus venas. “A sangre fría”, de Truman Capote, fue su referencia para convertir penales. A sangre fría ejecutó la acción, tan perfectamente como lo había leído. La pelota viajó y se incrustó en el ángulo derecho, el arquero rival voló pero fue insuficiente. De Capote a la cancha, “a sangre fría” hay que patear penales, más allá de las especulaciones del arquero. Más arriba. La obra era la correcta, el penal fue el del triunfo. El gol fue el del récord, 21 goles de Messi al equipo blanco.

Tal vez, durante el festejo de ambos goles de penal, recordó a Philip Seymour Hoffman, el único actor que interpretó al reconocido periodista. Parecería una suerte de homenaje para ambos. Días más tarde se repetirá la historia para ganar otro clásico, pero esta vez el catalán frente al Espanyol. Sí, estoy convencido que los penales de Messi son “a sangre fría”.

Considero que el fanatismo literario lo acompañó desde el inicio de su carrera. Vayamos al primer gol. Ese tanto con el que todo jugador que aspira a ser profesional sueña. Messi lo hizo el 1 de mayo del 2005 en la casa del equipo catalán. Ingresó desde el banco de suplentes y la segunda pelota que tocó la transformó en magia dentro del arco contrario. Fue con una definición que después sería su marca registrada: la pelota sobre el arquero. Humillación para el portero y sueño cumplido para el joven. Después interpreté que había recordado “La edad de la inocencia”, de Edith Wharton. Y es que por ese entonces, recién empezaba a abrirse camino para escribir una de las más grandes historias futbolísticas de todos los tiempos. El rosarino tenía 17 años, la edad de la inocencia.

Siempre, un jugador de fútbol anhela hacer un gol antológico. De otra especie. Inhumano casi. De Play Station. El gol que siempre recordarán los amantes de este deporte con el paso del tiempo. El gol que queda inmortalizado en la memoria de un futbolero para siempre. Hubo muchos que fracasaron en el intento. Messi no. Messi lo hizo.

El 18 de abril de 2007, el protagonista recordó a Maradona frente al Getafe. La lectura nuevamente fue su inspiración (no sé si habrá existido alguna para el otro 10, en el 86´). En 12 segundos Messi demostró que haría historia. El sonido del público se hizo furia en su mente haciendo que el fútbol se transformara otra vez en literatura. Y la literatura es un arte, expresado en “El sonido y la furia”, de William Faulkner y en el gol de Messi, nuestro lector, que a los 19 años gestaba goles de biblioteca.

Casi siete años más tarde, a partir de Maradona, el rosarino crea su propia versión del gol a Bélgica, de 1986. Esta vez, fue “El túnel”, de Ernesto Sábato, la lectura de inspiración del crack: simuló la jugada con caño incluido pero cuando salió el arquero lo amagó dejándolo en el piso. Sábato agradecido. La hinchada exultante. Yo también.

Otro gol legendario que confirmaría mi teoría es el de la semifinal de la Champions del 2011. Frente al eterno rival del equipo catalán y en su mítico estadio (otra vez). Era un triunfo cómodo para Messi y los suyos, pero faltaba la frutilla del postre, la guinda en el pastel. Faltaba la lectura de la jornada. El jugador número 16  le deja el balón al rosarino en el medio campo, como deshaciéndose de la acción. Y Messi asume la responsabilidad. Inspirándose “En el camino”, de Jack Kerouac, fue sorteando a cada jugador blanco que se le cruzaba, uno por acá, otro por allá; a lo largo de todo el recorrido, como bailando en cámara lenta hasta terminar en un pase a la red, avergonzando a los blancos.

Confieso que soy de las personas que creen que el fútbol es una sumatoria de piezas que encajan a la perfección para el mejor resultado. Basándome en este principio advertiré que, probablemente, el último libro que leyó Lionel Messi haya sido para ejecutar tiros libres, su más reciente posgrado. ¿Si sus penales son transformaciones del arte literario, qué texto inspirará sus tiros libres?

Messi no puede evitar que los rivales intenten detenerlo de la forma que sea. Desde la más pacífica hasta la más violenta. Con el paso del tiempo, el joven descubrió que la justicia futbolística no existe, y que es él mismo quien debe penar semejantes crímenes. La mejor forma de castigarlos es leyendo. Messi lo sabe. Fiodor Dostoievski cuando escribió “Crimen y castigo” también. Así, el jugador comprendió que cada falta que le sancionan a su equipo, cada crimen que le cometen, debe ser castigado. El gol es la pena elegida. El tiro libre es el medio para lograrlo.

Fueron cientos los tantos que hasta la actualidad convirtió el talentoso jugador argentino. Todos, o casi todos, avalados por este paradigma. Ahora bien, ya sabemos que nuestro protagonista es un futbolista letrado que no solo lee, sino que también recomienda lecturas a sus oponentes. Y esto, estimados, es lo que convierte a Messi en un lector superlativo y no en uno estándar. Es el salto de calidad. Es la literatura en estado puro. Messi, hace que sus rivales lean. Así sucedió en la final de la Champions del 2009, cuando el 10 subió una escalera imaginaria para saltar más alto que cualquiera y sellar el triunfo con un cabezazo. De esta manera, mientras corría para festejar la hazaña, les recomendaba a sus rivales ingleses que leyeran “Todo se desmorona”, de Chinua Achebe. Una verdadera lección de literatura.

Ahora que lo pienso, también recuerdo cuando les aconsejó a los brasileros que ojearan “La caída”, de Albert Camus. Fue en un amistoso en New Jersey, en Estados Unidos, en 2012, luego de marcar tres goles para Argentina, siendo el tercero una increíble anotación que le daba el triunfo al seleccionado albiceleste por 4-3. Un futbolista letrado.

Los goles mencionados solo fueron algunos ejemplos de los cientos que son útiles para explicar mi postura. Debo decir que me alivia dejar por escrito semejante supuesto teórico: ¡si interpreto sus hazañas, de alguna manera participo de sus logros! Y hasta me atrevería a hacerle llegar a Messi “Un mundo feliz”, de Aldous Huxley aunque no creo que necesite de mis recomendaciones de lecturas.

Se entiende. ¿No? Como en una biblioteca imaginaria, los grandes títulos de la literatura universal llegan a su mente en el momento oportuno. Son piezas literarias de todos los tiempos, que el jugador atesora inconscientemente en su cabeza, para transformarlos en el momento y lugar apropiado en la alquimia perfecta de sus goles hacedores. ¿Qué estará leyendo ahora?

Francisco me dará la razón

Tal vez, nuestros hijos, y hasta nuestros nietos, nos pregunten dentro de unos años cómo vivió el país la asunción de Jorge Bergoglio como el primer Papa latinoamericano. Seguramente, se interesarán por saber en dónde estábamos, qué sentimos, cómo reaccionamos. El hecho fue tan sublime, tan espectacular e inesperado que aún parece ser digno de un guion fílmico. Fue tan así que las próximas generaciones tendrán la culpa urgente de no haber vivido semejante acto “en vivo” en el momento indicado. Si de lamentaciones se trata, mi generación se apena de no haber presenciado a aquel pequeño hombrecito combatiendo un ejército inglés en un césped mexicano con dos arcos pero tal vez me consuela con un rosarino muy similar. En fin, cada generación con su acontecimiento histórico. La envidia es sana.

Imagen

Recuerdo que estaba en mi coche, por ese entonces un Suzuki Fun colorado (¡qué auto!), con una grata compañía escuchando una conocida radio FM. De repente, interrumpieron la música para dar la noticia. Evidentemente, el acontecimiento era lo suficientemente sorprendente como para quitar la canción que sonaba, en una radio donde (casi) nunca suspendían la música para reflejar un evento de la realidad. Y menos si se trataba de los 40 temas principales. El locutor lo dijo como si se tratara de una noticia más, como si fuera otro paro de subtes típico, normal. No lo culpo, probablemente la emoción y la sorpresa le jugaron una mala pasada. Todo lo demás ya es conocido, una multitud marchando a la Catedral de Buenos Aires, las tapas de los diarios, la relación de conflicto entre el kirchnerismo y Bergoglio que desde ese momento se convirtió en una relación pacífica, y hasta sus salidas de protocolo solo para saludar a niños y personas enfermas.

Jorge Mario Bergoglio tiene 77 años y hace exactamente 365 días fue elegido como el sumo Pontífice de la Iglesia Católica tras la quinta votación efectuada durante el segundo día del cónclave, luego de la renuncia de Benedicto XVI. Cuando salió el humo blanco de la Capilla Sixtina, Bergoglio se transformó en Francisco (en honor al santo de Asís), el Papa número 266 de la historia y el primero latinoamericano. Un Papa argentino, que antes de ese día legendario viajaba en subte como cualquier mortal y hasta trabajó como técnico químico antes de entrar al seminario como novicio de la Compañía de Jesús.

“Les pido a ustedes un favor: que le pidan al Señor que me bendiga antes de bendecirlos yo a ustedes. Recen por mí”, fue el humilde pedido de ese 13 de marzo de Francisco, cuando asomó por el balcón de El Vaticano para saludar y bendecir a los fieles que esperaban conocer al nuevo sumo Pontífice, en la Plaza San Pedro. No era un Papa más, ni para Argentina, ni para el mundo.

Tres meses después, Francisco revolucionó Brasil, más precisamente Río de Janeiro. En esa ciudad se desarrolló la Jornada Mundial de la Juventud en julio pasado. Allí, el Papa realizó otro pedido a los miles de jóvenes presentes: “Espero que salgan a las calles y que hagan lío. Quiero que la Iglesia salga a la calle, que nos defendamos de lo acomodaticio, de la inmovilidad y el clericalismo. Si la Iglesia no sale a las calles, se convierte en una ONG. Y la Iglesia no es una ONG.  Los jóvenes tienen que salir a la calle, tienen que hacerse valer”, dijo y la juventud lo aclamó.

Jorge Bergoglio, que ya cumplió su primer aniversario como Pontífice, está llevando una verdadera revolución al frente de la Iglesia Católica. Los fieles rezan por él. Mientras tanto, yo extraño al Suzuki Fun colorado y ya no envidio más a la generación pasada. Si alguna vez me preguntan diré que mi generación hizo “lío”, demasiado, y que tenía como cómplice a un Papa argentino. El tiempo me dará la razón. Francisco también.