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El salto

Cuando llegó exactamente a la mitad del puente se detuvo. Pensó cada palabra, cada silencio, cada gesto. Sabía el motivo que había generado la caminata a paso firme hasta ese lugar, siempre tan vacío y sombrío a horas poco transitables de la madrugada como aquellas. Sabía todo. Casi todo.
La noche le parecía antipática y oscura, como todas las noches, pero esta era distinta porque sabía que era el principio del final de tanta agonía. Lo sabía
El puente era bastante antiguo. No recordaba el año pero tenía vestigios de la década del 40 cuando lo habían construido. Ya no era el mismo, había sufrido muchas refacciones. Demasiadas. Y su color por decisión de estado cambiaba según la estación. Esa noche era negro. Noche de pleno invierno. Lo sabía
Cruzó la baranda que divide el paso de las personas del paso de los vehículos. En ese momento pasó un auto a toda velocidad. Ni siquiera había alcanzo a divisar de qué color era. Creyó que era blanco. También creyó hasta su último pensamiento que pasarían más autos aquella noche. Ese auto blanco sería el único. Al tratar de recordar tanto el color del auto había olvidado que todavía tenía que atravesar una baranda más. La que separaba cuidadosa y perfectamente el abismo del paso peatonal. Esa división era la cuestión. Lo sabía.
Después de terminar de pasar su última pierna por arriba de la baranda se aferró fuertemente a ella. Tan fuerte que las manos le comenzaron a doler terriblemente, entonces decidió ponerse de espalda al abismo para aminorar el dolor y para evitar esa inexplicable sensación de vértigo que corría por sus venas. Fue en ese momento cuando una duda se apoderó de su persona. No lo había pensado: la posición previa al salto. Tardo cuatro minutos en decidirlo y para hacerlo tuvo que cambiar de posición tres veces. Tenía que ser de espalda al abismo, de la otra forma el dolor en las manos era insufrible. Mucho más insufrible que la caída, pensó. Claro. Lo sabía.
Algo no le agradaba. Algo no era lo suficientemente adecuado. Lo pensó. Era su billetera. Se encontraba marrón radiante, tal cual la había comprado. La tomó y la arrojó al abismo. Necesitaba que la caída fuera más liviana, más directa. No se escuchó pero si vio como cayó en la helada agua. Con la mirada la siguió a lo lejos mientras la billetera se alejaba unos pocos metros. Quería ya unirse a ella, le fascinaba el cuero. En el puente no transitaba ni un alma. Lo sabía.
Siempre había pensado qué decir en una situación de este tipo. Sabía cómo decirlo pero no sabía qué. Esa noche tenía la necesidad de que la caída fuera exageradamente sonora, no solo a causa del impacto en el agua sino también a causa de su voz y, precisamente, su tímpano de voz llamaba poderosamente la atención para tan avanzada edad. Lo sabía.
Ya estaba convencido. Ya había acumulado el poco valor que le restaba. La billetera había ayudado. Y en el instante previo al salto miró a su alrededor como buscando a algún testigo de su futura caída. La noche era fría y malvada. Si sabía de catástrofes la noche, su noche. Nuevamente observó. Primero para la izquierda, después para la derecha. No había nadie. Nadie. Tenía qué actuar. Sin público era mejor. Lo sabía.
Trató de recordar la última imagen, que conservaba en su mente, del motivo que había generado tan terrible desenlace. Tan terrible agonía. Tan terrible decisión. Era lo mejor. Sus problemas dejarían de existir y serían extraños nuevamente entre la multitud. Vaciló, dudó. La firmeza no era su virtud aunque en esa noche tenía el valor. Lo sabía.
La noche seguía igual de fría cuando alguien gritó. La billetera había desaparecido. Sabía casi todo.
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